La “dieta paleo” y el periodismo de la era de las cavernas

Hace unos días, Infobae publicó una nota titulada “Dieta paleo: el furor de comer como el hombre de las cavernas”, en donde se expone y recomienda esta última moda en regímenes dietarios. El motivo de este post es simplemente mostrar que hay cosas que suenan raras acerca de esta dieta, tal como la presenta el artículo. Con ello tengo un fin ulterior. Mi objetivo no es tanto recomendar o desrecomendar la dieta (ya que no soy un experto en nutrición), sino mostrar con el ejemplo de esta nota la pésima calidad del periodismo científico que suele hallarse en los medios de comunicación masiva. Por lo tanto, me baso bastante en lo que el artículo dice, además de en algo de investigación que realicé por mi cuenta.

Según el autor/a de la nota:

“[…] el pasado siempre vuelve. En la actualidad, la dieta paleo es una vuelta a las raíces […]”.

La premisa básica del artículo parece entonces de corte romántico: un rechazo de la modernidad y un anhelo de volver a un pasado idealizado, en el que supuestamente nuestros ancestros vivían “sanos”, sin las comidas procesadas y las “toxinas” (otro término que aparece en el artículo periodístico) que ingerimos actualmente. Junto con la idea de que “lo natural es bueno”, el argumento de la “sabiduría del pasado” es un tema recurrente en las prácticas medicinales dudosas.

Si motivos de ese tenor fuesen todo lo que aducen los defensores de esta dieta (lo cual es la imagen que da el artículo), entonces no tendría demasiado sentido tomarse el trabajo de examinarla más en detalle, al estar basada en una premisa claramente ridícula. Sin embargo, creo que un modo mejor de presentarla otorga a la dieta tiene algo más de plausibilidad inicial. Así es como lo hacen sus proponentes:

El paleolítico es un período que se inicia hace unos 2,6-2,8 millones de años y llega hasta hace unos 10 mil años. La mayor parte de la evolución del género Homo ocurrió durante este período. Los ambientes eran distintos, y las presiones selectivas a las que estaban sujetos nuestros ancestros eran también distintas. Las adaptaciones que habrían surgido por selección natural relacionadas con la ingesta alimentaria, lo serían para esos medioambientes, y no para uno posterior y completamente distinto (e.g. la vida sedentaria en la ciudad actual). En cambio, un período de 10 mil años sería demasiado corto en términos evolutivos para producir cambios importantes en estos rasgos. Por lo tanto, según los proponentes de esta dieta, deberíamos comer lo que nuestros antepasados del paleolítico comían, porque eso es lo que evolucionamos para comer.

El esquema argumentativo, en sí mismo, no tiene nada de malo/sospechoso; al contrario, es semejante al que se utiliza en otras áreas de la ciencia, como ser, la psicología evolucionista. Para ésta, las capacidades cognitivas humanas habrían evolucionado por selección natural para resolver problemas a los que nuestros ancestros se habrían enfrentado, siendo luego “cooptadas” o utilizadas para otros fines en la actualidad.

Estas razones para motivar la dieta pueden ser averiguadas con facilidad, haciendo un poquito de investigación. Sin embargo, no se encuentran en el artículo de Infobae. Que su autor/a no pueda siquiera presentar de manera adecuada los argumentos que los propios proponentes dan para apoyarla, dice bastante sobre la calidad del artículo. Otro poquito de investigación revela algunos motivos para dudar de estas razones, en tanto aplicadas a particularmente a la dieta. Las examino a continuación.

¿Cuáles antepasados del paleolítico?

Como se dijo, El paleolítico abarca desde hace unos 2,6-2,8 millones de años hasta el 8.000 AC aproximadamente, siendo que la mayor parte de la evolución del género Homo tuvo lugar en él. Esto puede verse claramente de manera gráfica:

Es claro también, a partir del gráfico, que no tenemos un único ancestro en el paleolítico sino varios. Además, es probable que estos distintos antepasados hayan tenido distintas dietas. Los registros directos que tenemos sobre ellas son escasos; aun así, hay alguna evidencia indirecta. Por ejemplo, estudios de las estructuras dentales sugieren que los Australopitecinos tenían una dieta sobre todo frugívora, semejante a la que hoy tienen los chimpancés, mientras que los especímenes del género Homo habrían estado mejor adaptados para comer carne. Durante el transcurso del Paleolítico se observa también el desarrollo de diversas herramientas para la caza y la pesca, apoyando la idea de un viraje hacia una dieta con una mayor proporción de carnes.

Además, si se comparan otras estructuras anatómicas, como la capacidad craneal, se observa que el tamaño de órganos como el cerebro aumentó dramáticamente a lo largo de este período, duplicándose o triplicándose. En consecuencia, los “presupuestos” energéticos de los organismos habrían también cambiado (p.e. en la actualidad el cerebro consume un porcentaje alto de la energía total que obtenemos).

Una primera pregunta sería entonces: si tenemos que imitar las dietas de nuestros antecesores del paleolítico, ¿de cuál de todos estos ancestros? Nótese que el Homo sapiens aparece recién hace unos 200.000 años, un período relativamente reciente en la evolución del género (obsérvese el largo de la barra verde en el gráfico). Es posible pensar en un argumento similar al expuesto en la primera sección, diciendo que la mayor parte de la evolución del género Homo ocurrió antes que eso, y que por lo tanto, los Homo sapiens del paleolítico deberían estar adaptados a comer las dietas de sus ancestros (y así sucesivamente).

Una respuesta podría ser que 200 mil años son suficientes para generar cambios significativos en la dieta óptima, mientras que 10 mil no lo son (véase más adelante para un examen de este punto). Supongamos entonces que los proponentes de la “dieta paleo” están hablando específicamente del paleolítico superior, y de nuestros antepasados de la especie Homo sapiens. Y más particularmente, supongamos que la referencia es a los individuos de esta especie que vivían hace exactamente 10 mil años (período temporal que menciona la nota).

Aun haciendo todas estas precisiones, sería necesario decir algo más acerca de cuáles son los antepasados a los que la dieta hace referencia. Hace unos 10 mil años, los seres humanos ya se encontraban dispersos por gran parte del planeta. El siguiente gráfico ilustra una reconstrucción de los patrones de migración humanos a partir de marcadores genéticos:

Nuevamente, los habitantes de estos distintos lugares estarían consumiendo dietas muy distintas entre sí, en base a los distintos climas, requerimientos energéticos impuestos por el ambiente y la actividad, y la disponibilidad de alimentos. Y nuevamente, es casi imposible reconstruir estas dietas con un grado de precisión suficiente para elaborar un plan dietario en la actualidad (p.e. conocer las proporciones de los alimentos que ingerían).

Además, tampoco es posible inferir una única supuesta “dieta paleo” a partir de las poblaciones actuales de cazadores-recolectores, ya que estas también exhiben considerable variación en las composiciones de sus dietas.

Por último, cabe mencionar que mantener exactamente sus dietas en la actualidad sería casi imposible, ya que muchos de los alimentos actuales que consumimos han sido modificados por la cría selectiva desde los inicios de la agricultura. Uno de los ejemplos más famosos es el del choclo. A continuación puede verse una comparación del choclo actual vs. el que hubiera podido encontrarse en el paleolítico:

El genoma y la dieta

Una idea central del artículo es que:

“A nivel genético, sólo hemos cambiado un 0,02 por ciento con respecto al hombre paleolítico [sic]. Su alimentación, por lo tanto, nos resulta sana y nutritiva”

Una primera pregunta, cuya respuesta desconozco, es de dónde saca el autor/a, o cómo se está midiendo ese grado de similaridad genética (no pude encontrar la fuente en la que se basa la nota para ese dato). En particular, sería interesante preguntarse a qué se refiere con “nosotros” y “ellos”. Es decir, “nosotros”, los seres humanos actuales, no tenemos genomas idénticos. Bien podría haber una diferencia del 0,02% entre los genomas de dos seres humanos actuales (aunque esto depende, nuevamente, de cómo se estén midiendo estos números). Y lo mismo podría razonablemente ocurrir entre dos ancestros del paleolítico que vivieran en distintos lugares, o incluso quizás en el mismo lugar.

Otro punto importante es que, si bien 99,98% de similaridad suena intuitivamente como un número alto, también lo hace el famoso 98,7% que compartimos con los chimpancés (aunque, nuevamente, me es imposible saber si el modo como se determinó lo primero es similar o no a lo segundo). Sin embargo, nadie argumentaría que debamos seguir la dieta de los chimpancés, ni la de nuestro antepasado común con los chimpancés. No es tanto la cantidad de diferencias, sino su cualidad lo que importa. Por ejemplo, seres humanos actuales (con quienes presumiblemente compartimos un grado alto del genoma) con ciertas mutaciones genéticas pueden ser celíacos, y las recomendaciones dietarias en casos como esos cambian de maneras importantes.

Más allá de si es correcto o no decir que compartimos ese porcentaje del ADN, es también claro que compartirlo tampoco implicaría automáticamente consecuencias para la dieta. En primer lugar, porque podría haber factores heredables que afecten a la dieta óptima para un individuo, pero que no sean genéticos. Estos podrían ir desde factores epigenéticos (p.e. se sabe que la malnutrición de la madre durante la gestación puede tener consecuencias heredables sobre los hijos), hasta cosas como la flora intestinal (en parte heredada durante la lactancia).

Además, incluso obviando esto, las versiones burdas del determinismo genético (la tesis de que los rasgos de un organismo dependen de los genes, con exclusión de factores ontogenéticos y ambientales) son obviamente falsas. Por supuesto que la genética puede tener influencias sobre los alimentos que podemos o no digerir en general. Sin embargo, es posible pensar que cosas como el clima y las condiciones de vida en general pueden tener influencias sobre los efectos de una dieta. Por ejemplo, habitantes de zonas en las que hay poca luz solar deben buscar otras formas de conseguir vitamina D. Del mismo modo, y en una especie de reverso del argumento original, podría pensarse que el modo de vida y las exigencias energéticas y nutricionales de un cazador-recolector no son idénticas a las de un habitante de la ciudad actual, y que por lo tanto no deberíamos esperar comer la misma dieta.

Contrariamente a lo que sostiene el autor/a de la nota, el hecho de que nuestros antepasados hayan sido capaces de sobrevivir y reproducirse en ambientes tan radicalmente distintos, moviéndose entre los continentes y pasando por períodos de glaciación, sugiere más bien que los seres humanos estamos adaptados para ingerir una variedad de dietas distintas, más que una única dieta fija.

El tempo de la evolución

Por último, una pregunta obvia que surge es la de por qué suponer que los seres humanos dejamos de evolucionar hace 10 mil años. Bien podría haber cambios en nuestra fisiología digestiva que tengan menos que ese tiempo. Quizás la tesis de los proponentes de esta dieta sea que 10 mil años son insuficientes para generar cambios importantes en los rasgos relacionados con la ingesta alimentaria. Sin embargo, esto tampoco parece del todo defendible, al menos no de manera a priori.

Para empezar, parece haber algunos ejemplos de cambios evolutivos (incluso de cambios relacionados con la dieta) que ocurrieron en períodos más cortos de tiempo. Quizás el más impresionante sea el caso de las lagartijas de la especie Podarcis sicula. En 1971, científicos introdujeron a 10 de esas lagartijas en la isla croata de Pod Mrčaru, desde una isla vecina. Tras sólo 36 años, los científicos volvieron a la isla, y descubrieron que las lagartijas desarrollaron una serie de adaptaciones a la nueva dieta que consumían (pasaron de una primariamente insectívora, a una primariamente herbívora). Entre ellas se cuentan un mayor tamaño de la cabeza y una mayor fuerza en la mordida, las cuales son más efectivas para romper las plantas fibrosas. Más impresionante fue que estas lagartijas desarrollaron estructuras nuevas en el tracto digestivo, llamadas “válvulas cecales”, las cuales funcionan básicamente como cámaras de fermentación que permiten digerir la celulosa obtenida de las plantas.

Incluso contamos con ejemplos de este tipo de adaptaciones en el caso de los humanos. Se sabe, por ejemplo, que la tolerancia a la lactosa posterior del destete (un rasgo claramente adaptativo) tiene, justamente, entre unos 5 mil y 10 mil años, período coincidente con el desarrollo de la ganadería.

Lo que la selección puede generar no depende tanto de una cantidad fija de años sino de varios factores. En términos más formales, la “velocidad” del cambio evolutivo por selección natural puede verse afectada por cosas como: el ratio en el que ocurren ciertas mutaciones (y otros eventos genéticos como la recombinación), los efectos que esas mutaciones tienen a nivel fenotípico, la variación ambiental, la intensidad de las presiones selectivas, los tamaños poblacionales, etc. En consecuencia ésta no debe ser pensada exclusivamente en términos de “cantidad de años”.

Conclusión

Como se dijo, todo esto no significa que la dieta específica que se propone no pueda proveer beneficios para la salud. Como con toda intervención médica, esto deberá decidirse por medio de estudios clínicos que demuestren su eficacia y seguridad. Me abstengo de emitir opinión al respecto, al no estar del todo cualificado para evaluar la evidencia. Lo anterior muestra simplemente que, si bien los motivos aducidos para fundamentar teóricamente la “dieta paleo” tienen cierta plausibilidad inicial, hay buenos motivos para dudar de ellos, especialmente si se los presenta de manera simplista, como lo hace el artículo el de Infobae. Toda la información mencionada arriba es rápidamente accesible, y el autor/a de la nota debería haberse tomado el trabajo de buscarla antes de publicar la nota (no parece demasiado pedir, realmente).

Es realmente vergonzoso es que medios de comunicación masivos tengan a periodistas no calificados escribiendo notas sobre temas de ciencia, y en particular, sobre temas de salud. Más aun lo es que el autor/a utilice la hipérbole como modo de vender una nota de este tenor, por ejemplo sosteniendo que los aceites vegetales están “plagados de toxinas” o poniendo en negritas la frase de que la dieta “pude generar una pérdida de peso mayor”. Es quizás revelador que la sección del diario Infobae en donde sale publicada esta nota se llame “Nutriglam”.

Que ocurran estas cosas (otro ejemplo es el presentado anteriormente en este blog) es el equivalente (o es incluso más grave) a que alguien que no sepa las reglas básicas del futbol esté cubriendo el Boca-River del fin de semana, o que alguien que no va al cine esté encargado de reseñar las películas en cartelera. Si no es tolerable en esos casos, tampoco debería serlo aquí.

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