La filosofía y el mundo externo – Parte I

Introducción

El título de este post juega con un doble sentido en la expresión “el mundo externo”. Tradicionalmente para la filosofía, el mundo externo es algo así como el ámbito de “lo real” o “el mundo tal cual es”, independientemente de nuestras teorías o concepciones acerca de él, y al cual estas se tienen que “adecuar” para ser calificadas como verdaderas. De ese modo, muchos conciben a la tarea del filósofo (o del científico) como la búsqueda desapasionada de una serie de verdades eternas, o —su prima— como una “aproximación gradual”, quizás asintótica, a ellas. Llámese a esto el sentido metafísico de la expresión “mundo externo”.

El otro sentido —llamémoslo histórico— de esta expresión, la asocia más bien con el marco institucional, social, económico, cultural, etc. más amplio en el que la actividad filosófica (y científica) se desarrolla. Este es, primordialmente, el aspecto en el que quiero centrarme. Mi objetivo es argüir algo que creo debería ser obvio para todos los practicantes de la disciplina, pero que lamentablemente no lo es: que el “mundo externo” (en este segundo sentido) interviene y debe intervenir en la actividad de los filósofos profesionales. Es decir, aspiro a mostrar que la imagen común del filósofo (o el científico), puramente racional, preocupado por la verdad y nada más que la verdad, y que no basa sus concepciones en premisas “ideológicas” o factores extrínsecos al propio desarrollo interno de la disciplina, es históricamente falsa y normativamente indeseable. En pocas palabras, que la filosofía no transcurre (ni debe transcurrir) dentro de una burbuja.

Para examinar todos estos puntos tomaré un caso de estudio: el del movimiento conocido como  “empirismo lógico”, sus transformaciones y su declive. Como se verá, el caso es especialmente bueno para discutir todas estas cuestiones. El empirismo lógico era (en principio al menos) un movimiento con intereses y esperanzas de impacto sobre el mundo exterior (en sentido histórico), que no se concebía a sí mismo como operando en una burbuja. Sin embargo, en buena medida por presiones provenientes del clima norteamericano durante la Guerra Fría, terminó por renunciar a esos intereses, acercándose a lo que muchos asocian hoy con la “concepción heredada” (implicatura: es una herencia pesada).

En lo que resta de este primer post, se hace una introducción a esta corriente filosófica, a sus aspiraciones políticas y a los cambios internos que experimentó. El segundo post se centra en la primera de las direcciones de la influencia mutua (“históricamente falsa”), aquella que va desde el mundo externo hacia el interno. La tercera parte hace el camino inverso, examinando la influencia de la filosofía sobre la sociedad.

 

El empirismo lógico y sus objetivos políticos

En los últimos tiempos, se ha reconocido que la historia del empirismo lógico como movimiento puede dividirse en dos etapas, en las que la dirección del programa estuvo dominada por pensadores de dos corrientes internas distintas. La primera corriente, a veces llamada el “círculo izquierdo de Viena” (left Vienna circle) tuvo como principales representantes a Otto Neurath, Rudolf Carnap, Philipp Frank, y Charles Morris, entre otros, todos los cuales (excepto Carnap) fueron en alguna medida desprestigiados, olvidados o reducidos a figuras menores hasta muy recientemente (Uebel, 2005).

El círculo izquierdo tenía una concepción bastante más amplia de la filosofía de lo que suele asociarse con el empirismo lógico —i.e. filósofos preocupados exclusivamente por cuestiones técnicas, que postulan que la única tarea válida para un filósofo es la reconstrucción formal de teorías científicas. Puede notarse, para empezar, que tenían una visión altamente politizada (en un sentido amplio del término) de su tarea como filósofos. Esto puede verse en algunos pasajes de su Manifiesto:

También se reconoce un acuerdo notable en las cuestiones de vida, aun cuando estos asuntos no estuvieron en el primer plano de los temas discutidos dentro del Círculo. No obstante, esas actitudes tienen una afinidad más estrecha con la concepción científica del mundo de lo que pudiera parecer a primera vista desde un punto de consideración puramente teórico. Así muestran, por ejemplo, los esfuerzos hacia una nueva organización de las relaciones económicas y sociales, hacia la unión de la humanidad, hacia la renovación de la escuela y la educación, una conexión interna con la concepción científica del mundo; se muestra que estos esfuerzos son afirmados y vistos con simpatía por los miembros del Círculo, por algunos también activamente promovidos (Hahn, Neurath, & Carnap, 1929)

Estos objetivos eran promovidos fundamentalmente de dos modos. En primer lugar, por medio de la difusión pública del conocimiento científico, por ejemplo, a través de Asociación Ernst Mach, la cual organizaba conferencias y publicaciones con el fin de difundir la ciencia al gran público.

Por otro lado, esperaban lograr estos objetivos por medio de la llamada “unificación de las ciencias”. Los filósofos de esta concepción veían que los científicos de diversas áreas trabajaban de modo cada vez más especializado, no pudiendo comunicarse entre sí—una tendencia que sólo se acentuó con el tiempo. La tarea de reconstrucción de teorías tenía que ver con mostrar que teorías científicas de diversos ámbitos funcionaban de maneras estructuralmente similares. La eliminación de las idiosincrasias de cada una, por medio de su presentación desde un marco metateórico y un lenguaje comunes, tenía como fin último hacer comprensibles estas teorías al círculo más amplio posible de gente. También en este aspecto organizaron una serie de actividades y publicaciones. La unificación de las ciencias no era (como algunos la han tomado) una tesis empírica, sino más bien programática.

Sin embargo, no veían a la tarea del filósofo como reducida puramente a esta actividad técnica reconstructiva. Por ejemplo, si bien tomaron una posición no cognitivista acerca de los valores, veían a éstos como desempeñando un rol fundamental en el desarrollo de las ciencias y de la sociedad en general. Recuérdese, por ejemplo, que la elección carnapiana entre marcos lingüísticos se efectuaba por medio de consideraciones “pragmáticas” (que podían incluir cuestiones acerca de valores); o que el fenómeno de la indeterminación que señalaban Neurath y Frank (el hecho de que “los hechos” nunca determinasen de manera unívoca el modo en el que éstos debían ser explicados o teorizados, existiendo siempre distintas alternativas) implicaba que la ciencia no funcionaba con un método automático, sino que en ella debían tomarse constantemente decisiones, las cuales podían estar (y habían estado históricamente) influidas por cuestiones relacionadas con los valores.

Así, el programa más amplio del círculo izquierdo incluía en su agenda a temas que hoy llamaríamos de historia y de sociología de las ciencias. Muchas de sus publicaciones (hoy no leídas u olvidadas) eran acerca de éstas temáticas. Dos casos paradigmáticos (aunque por parte de autores que no eran estrictamente miembros) son las publicaciones del ensayo sobre valores en ciencia de John Dewey, y de la primera versión de La estructura de las revoluciones científicas de Kuhn, ambas en la Enciclopedia de las ciencias unificadas de Neurath.

La clarificación conceptual permitiría mejorar la difusión y la educación científicas, lo cual permitiría, a su vez, poner a la ciencia al servicio del pueblo; con el cultivo de la sofisticación epistemológica entre científicos, políticos y el gran público se esperaba poder intervenir provechosamente en las discusiones sobre política científica, evitando que las decisiones acerca de la dirección que seguía la investigación fuesen tomadas exclusivamente por grupos de especialistas, interesados en cuestiones “escolásticas”. La planificación en ciencias era vista, entonces, como algo deseable.

En ese sentido, el reconocimiento del modo como factores “externos” al propio desarrollo científico habían influido, y continuaban influyendo, sobre ese desarrollo contribuiría a una planificación más responsable de la actividad científica. Para los miembros más marxistas —p.e. Neurath— serviría incluso para evitar que la ciencia se convirtiese en un elemento más de la superestructura ideológica, en defensa de los intereses de ciertas clases dominantes. Este énfasis en la planificación, como veremos, no sería muy bien recibido en la EEUU de la Guerra Fría.

Por otro lado, la difusión del conocimiento científico permitiría al hombre de a pie evitar la retórica, la manipulación y la desinformación, por parte de quienes pretendían justificar sus posiciones ideológicas sobre bases sin sustento científico, o que utilizaban a la ciencia de manera espuria para ello. Según los empiristas lógicos, esto es lo que ocurría con los diversos sistemas políticos absolutistas (recuérdese, p.e., que el nazismo, con sus teorías sobre la raza aria, eran contemporáneas a sus escritos).

De manera resumida:

El movimiento promovía la tarea de unificar y coordinar las ciencias para que ellas pudieran ser mejor usadas como herramientas para la modificación y la planificación deliberadas de la vida moderna. Y buscaba cultivar el rigor epistemológico y científico, incluso entre los ciudadanos ordinarios, para que ellos pudieran evaluar mejor la retórica oscurantista que provenía de cuarteles reaccionarios y anticientíficos, y para contribuir al planeamiento de una futura ciencia unificada que pudiera asistir en las metas colectivas de la sociedad. Buscaban, nada menos, que especificar y ayudar a cumplir la promesa del siglo 18 del Iluminismo francés. (Reisch, 2009)

 

Los cambios internos al movimiento y su declive final

Cualquiera que habite la sociedad actual, o haya habitado la de la segunda mitad del siglo 20, puede reconocer que, con el triunfo espectacular de las ciencias naturales, los fenómenos a los que aludían y que intentaban solucionar los empiristas lógicos no hicieron sino volverse más urgentes. La hiper-especialización se acentuó mucho más, y la utilización de la “retórica oscurantista” para satisfacer objetivos personales o corporativos es hoy ubicua: ¿Quién nunca se encontró, por ejemplo, con el recurso a “lo natural” como vía para promover prácticas medicinales dudosas? ¿o para defender la subordinación “natural” de la mujer al hombre, la prohibición del matrimonio homosexual porque es “antinatural”, etc.? En este mismo blog se examinó el ridículo caso de un político argentino de alto nivel que sostenía que el otorgamiento de personería jurídica a los animales es absurdo porque el darwinismo el falso —con argumentos que muestran que su autor no entiende, o conscientemente miente sobre, aquello de lo que está hablando.

Sin embargo, a pesar de que los problemas que pretendían solucionar siguen vigentes, el caso es que, en las décadas de 1950 y 1960, el movimiento (y la filosofía de las ciencias en general) perdió todos estos objetivos políticos más amplios, sin proponer otros en reemplazo. Independientemente de cuáles fueran las posiciones individuales de sus miembros, el grupo como tal dejó de organizar publicaciones y actividades tendientes a lograrlos, tendiendo en cambio a la profesionalización y a la discusión endógena de cuestiones más bien técnicas. Es a esta segunda etapa —dirigida por autores de la segunda corriente interna, tales como Hans Reichenbach, Carl Hempel y Herbert Feigl— es a la que la mayoría asocia con el nombre “empirismo lógico”.

Las historias usuales, que hablan de un movimiento hiper-estrecho que redujo la filosofía (y por lo tanto la totalidad de la tarea del filósofo) a la mera reconstrucción formal de teorías, preocupada exclusivamente por cuestiones técnicas —p.e. la confirmación— en detrimento de la “pragmática” o de toda relevancia social de su práctica, provienen de esta etapa (según se dice, sobre todo de la obra tardía de Alfred Ayer, “Lenguaje, verdad y lógica”).

Suele decirse además que el declive final del movimiento habría tenido que ver con que varios postulados esenciales de su metateoría habrían sido demostrado como falsos. Esta demostración habría sido efectuada especialmente por dos autores: Quine (con sus argumentos en contra de la distinción analítico-sintético) y Kuhn (entre otras cosas, con su crítica a la distinción teórico-observacional). Mi creencia es que si bien (especialmente en el caso de Kuhn) estas críticas hacían necesaria la reformulación de algunos puntos importantes del marco conceptual de los empiristas lógicos, no obligaban a su abandono total. Después de todo, ya habían modificado el mismo de maneras notables a lo largo de su historia. Un examen detallado de estos puntos queda para otra ocasión.

Lo que parece más claro es que bajo ningún punto de vista estos argumentos implicaban el abandono de los objetivos políticos recién mencionados (del “movimiento amplio”), incluso aunque volviesen a su metateoría totalmente intragable. Como notó John Dewey (1910), los programas de investigación nunca decaen porque alguien ofrezca un argumento supuestamente decisivo en contra de ellos; ese decaimiento se produce, en cambio, cuando no quedan adherentes dispuestos a defender a tal programa, o en términos kuhnianos, cuando los adherentes a un paradigma dejan de creer en su potencial futuro (o simplemente mueren y no son reemplazados por nuevos adherentes).

Los argumentos y las anomalías pueden jugar algún rol en esas crisis y abandonos, pero es hoy un lugar común entre los historiadores de las ciencias que factores extrínsecos al propio desarrollo de las ciencias juegan papeles decisivos en este punto (p.e. en desatar “períodos de crisis”). No veo ningún motivo a priori para no aplicar esta heurística “externalista” también a la filosofía. En esta línea, para comprender el cambio recién mencionado en la dirección del empirismo lógico, así como su posterior deceso final, y para entender la configuración posterior que adoptó la filosofía analítica, considero necesario decir algo acerca del clima cultural general durante la Guerra Fría (el “mundo exterior” en el que estas transformaciones tuvieron lugar), así como del modo como influyeron particularmente sobre los filósofos.

 

[Continúa en el siguiente post]

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Un comentario en “La filosofía y el mundo externo – Parte I

  1. Hola Ariel, interesante articulo. Te hago algunas aclaraciones que me están generando un poco de ruido. Cuando hacés referencia a la filosofía “tradicional” (terminología poco clara) en la exterioridad del objeto de estudio, te estás refiriendo al realismo filosófico. corriente que se inaugura desde la antigua Grecia, pasando por el racionalismo de Descartes o el empirismo de Hume. Es por este último, que la metafísica queda en un lugar de incognoscible y por ende, en una posición menospreciada. Para entender mejor la concepción “positivista” de la ciencia, Hume es imprescindible. Claro, después viene Kant y tenés que romperte la cabeza.

    Saludos,
    Martín

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