La filosofía y el mundo externo – Parte II

[Continuación del post anterior… ]

El clima intelectual general durante la Guerra Fría

Para comprender el clima de paranoia general que se respiraba durante este tiempo, especialmente en los EEUU, cabe recordar los siguientes hechos. En primer lugar, que este conflicto se inicia tras el fin de la Segunda guerra mundial (con la explosión de dos bombas atómicas), entre dos superpotencias que contaban con ese tipo de armamento, y entre las cuales existía la sensación de que un conflicto nuclear podía desatarse en cualquier momento (i.e. la Guerra Fría podía volverse “caliente”), arrasando con la humanidad entera. En este contexto, cuya política internacional estuvo dominada por el enfrentamiento de dos sistemas, encarnados en las dos superpotencias, “la política de los EEUU se basó (…) por lo menos en sus manifestaciones públicas, en presentar el escenario de pesadilla de una superpotencia moscovita lanzada a la inmediata conquista del planeta, al frente de una ‘conspiración comunista mundial’ y atea siempre dispuesta a derrocar los dominios de la libertad” (Hobsbawm, 1994, p. 204).

Esta conspiración y sus agentes, que se habrían infiltrado en los propios Estados Unidos, amenazaban (según esta retórica) con transformar radicalmente las instituciones, los valores y la moral impuestas. Así, el conflicto se planteaba como uno entre dos visiones de mundo, cuyas aristas involucraban no sólo al sistema económico (de hecho, los primeros 20 años de la Guerra Fría serían el período de mayor grado de intervención estatal en la economía en los “estados de bienestar” capitalistas). sino que solía plantearse en términos de la libertad vs. la esclavitud, la libre empresa vs. el totalitarismo, etc. (la URSS, además, no era una democracia).

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Propaganda estadounidense durante la guerra fría

A su vez, estos agentes encubiertos soviéticos serían o bien conversos convencidos, o bien ciudadanos honestos norteamericanos a quienes les habían “lavado el cerebro”. Aparentemente muchos políticos e intelectuales (y el público en general) creían seriamente que Moscow había desarrollado una nueva técnica de guerra psicológica, mediante la cual podían implantar las ideas y la agenda comunistas en las mentes de sus víctimas, las cuales perdían toda agencia propia —para una manifestación de esto en la cultura popular, véase, p.e. esta escena de una película de 1962 (Reisch, 2005, 2012).

La toma del poder por parte de los comunistas en EEUU se produciría, según otra versión del relato, sin disparar una sola bala; en cambio, surgiría porque estos agentes, enmascarados como socialistas (y ocultando sus verdaderas identidades y asociaciones), se infiltrarían en las instituciones e impulsarían un “sesgo colectivista”, preparando la escena para que tal socialismo transicionara suavemente hacia una versión más del régimen comunista (e.g.).

En retrospectiva, esta retórica apocalíptica parece haber estado poco justificada, ya que en la práctica ambas superpotencias parecían haber aceptado mayormente (aunque con algunas cualificaciones) la delimitación de sus respectivas “zonas de influencia”, no interfiriendo demasiado en las ajenas (Hobsbawm, p. 201). A pesar de que ambas superpotencias deseaban extender éstas lo más posible, aprovechando las oportunidades que se les presentasen (especialmente dando apoyo, armas, u orquestando golpes en el tercer mundo), no había tal cosa como un plan concreto y puesto en acción por parte de los soviéticos para lograr la dominación mundial.

El rol que parece haber cumplido este discurso es más bien interno. Cabe notar que todos los elementos del relato anterior formaban parte de la cultura popular masiva, apareciendo reiteradamente en películas (en donde los “malos” eran casi siempre rusos), libros, artículos periodísticos, etc. disponibles al gran público. De ese modo, el anticomunismo se volvió algo así como “tema obligado” de los políticos. Quienes no adhirieron o se enfrentaron a él —p.e. Henry Wallace— obtuvieron resultados electorales muy pobres. Algunos políticos estadounidenses fueron más lejos, descubriendo que impulsar la agenda anticomunista podía brindar grandes réditos políticos (Hobsbawm, p. 207).

Entre estos políticos se encontraban personajes como el senador por el estado de Wisconsin, Joseph McCarthy, y el director del FBI, J. Edgar Hoover, famosos por llevar a cabo, durante este período, una caza de brujas (de intelectuales) en las universidades norteamericanas. La excusas dadas para ésta iban desde que la enseñanza era uno de los medios ideales para llevar a cabo el plan de dominación psicológica mundial; hasta que los profesores comunistas no eran aptos para enseñar, ya que su misma habilidad para pensar claramente y críticamente habían sido afectadas por su ideología —dado que debían seguir, voluntaria o involuntariamente “la línea del partido”, no pudiendo efectuar “indagaciones libres respecto de la evidencia”:

Durante siglos las universidades han sobrevivido en el mundo occidental, no sin dificultades y ataques serios tanto desde fuera como desde dentro, primariamente debido a su imparcialidad, objetividad y su determinación de buscar la verdad y no ser propagandistas en debates de política partidaria, económica, etc (….) La actividad clandestina en el partido comunista significa que [los profesores] han abandonado su deber de proteger a la integridad de la Universidad y de la persecución de una verdad objetiva, en favor de una misión propagandística no relacionada en absoluto con el esfuerzo educacional y académico. (Raymond Allen, presidente de la universidad de Washinghton, en un reporte acerca de las audiencias de dos filósofos).

La caza de brujas tomó la forma de investigaciones, audiencias y finalmente despidos a profesores. En todas estas etapas podían participar desde el FBI de Hoover, hasta los administradores de las universidades, especialmente las públicas (debido a sus medios de financiamiento). En las audiencias, los intelectuales sospechados de tener algún tipo de afiliación al Partido y sus actividades podían o bien reconocerse como ex comunistas (y potencialmente dar nombres) o bien negar todo y arriesgarse a ser atrapados diciendo alguna mentira (relacionada o no con su actividad política) o evadiendo alguna pregunta, lo cual los dejaría mal parados. Otros, que habían tenido simpatías izquierdistas en el pasado, simplemente renunciaron “voluntariamente” antes de ser sometidos a investigación. Respecto de estas audiencias:

[La confluencia de los factores anteriores envió] un mensaje a los intelectuales, de que la más simple apariencia de simpatía con el comunismo (…) no sería tolerada en la educación superior. El mensaje sostenía que, en especial en el nivel federal, los académicos no tendrían la capacidad de defenderse a sí mismos contra la absurda lógica de conspiración que habitualmente estructuraba a las investigaciones y entrevistas. Los variados estándares de evidencia, lógica y reglas de retórica que un intelectual podría dominar en un salón de charlas o en un seminario eran visiblemente irrelevantes para las audiencias conducidas por los comités del senado o de representantes que procuraban ganarse la ovación de su electorado como si estuvieran persiguiendo amenazas, reales o imaginarias, para la democracia norteamericana (Reisch, 2005, p. 308)

En este contexto, reinaba entre los intelectuales un clima general de miedo. De más está decir que aquellos encontrados culpables y despedidos verían a su carrera arruinada, no pudiendo volver a encontrar trabajo en el área académica (o así lo parecía en el momento, muchos fueron repuestos en sus cargos al finalizar la Guerra fría). Incluso aquellos finalmente declarados como inocentes podían sufrir daños irreparables a sus carreras (como fue el caso de Owen Lattimore).

Los cambios en la política científica

El siglo XX modificó las relaciones existentes entre ciencia y sociedad. Es en éste período en el que los desarrollos científicos adquieren aplicación tecnológica a gran escala, transformando decisivamente la vida cotidiana del hombre de a pie. Hasta entonces ese no había sido el caso, corriendo el desarrollo científico y el tecnológico más o menos en paralelo (Hobsbawm p. 445; Kuhn, 1971). Es durante el siglo XX cuando los estados descubren que invirtiendo cantidades crecientes y exorbitantes de dinero en investigaciones esotéricas, que están por fuera de la comprensión de la gente común y de los políticos mismos, pueden obtener grandes retornos. Esto fue obvio para todos a partir de la detonación de las dos bombas atómicas (así como por otros inventos, como los radares, la radio, la penicilina, etc.), y fue alimentado durante la Guerra Fría por las carreras armamentística y espacial.

De ese modo, durante dicho siglo, la ciencia dio un salto demográfico importante. Según Hobsbawm, en 1919 el número de físicos y químicos británicos y alemanes puede estimarse en unas 8.000 personas, mientras que a finales de los 80 el número de científicos e ingenieros involucrados en la investigación y el desarrollo experimental se estimaba en unos 5 millones. Si se incluye al “personal de apoyo científico y técnico”, las personas involucradas directa o indirectamente en la investigación científica constituían para esa época un 2% de la población global, y un 5% de la estadounidense (Hobsbawm, p. 443-444). Cabe resaltar además que la mayor parte de este personal fue directamente empleado o financiado por los estados (especialmente los desarrollados).

Éstos cambios en la manera de concebir a la relación entre ciencia y sociedad pueden verse reflejados en un el documento (Science, the endless frontier) escrito por el ingeniero Vannevar Bush, en 1944, a pedido del presidente de los EEUU, F. D. Roosevelt. Este escrito sería luego una pieza importante en el diseño la política científica estadounidense de posguerra. Hay 5 rasgos que me interesan resaltar de él:

1) Se arguye la necesidad de aumentar considerablemente el presupuesto estatal en ciencia, sobre la base de que “el progreso científico es una de las claves para la seguridad de nuestra nación, para el mejoramiento de nuestra salud, para crear más trabajos, tener un estándar más alto de vida, y para nuestro progreso cultural” (Bush, 1945, p. 3).

2) Dentro de la investigación científica esencial para el progreso, se enfatiza mucho a la llamada investigación “básica”, la búsqueda desinteresada del conocimiento de “las leyes de la naturaleza” (por oposición a la investigación “aplicada”, preocupada por aplicar los resultados de la ciencia básica para obtener resultados concretos). Según Bush: “El científico haciendo investigación básica puede no estar preocupado en absoluto por las aplicaciones prácticas de su trabajo, sin embargo, el progreso futuro del desarrollo industrial se estancaría si la investigación básica fuese descuidada” (p. 16), ya que “los nuevos productos y procesos (…) se fundan en nuevos principios y concepciones, los cuales, a su vez, resultan de la investigación científica básica. La investigación básica es el capital científico” (p. 6).

3) Bush reconoce que los inventos tecnológicos más importantes surgen muchas veces de desarrollos teóricos esotéricos, en campos en principio poco relacionados con ellos (un ejemplo paradigmático son las bombas atómicas): “Una de las peculiaridades de la investigación básica es la variedad de caminos por los que lleva al avance productivo. Muchos de los descubrimientos más importantes son el resultado de experimentos hechos con propósitos muy distintos en mente. Estadísticamente, es una certeza que descubrimientos importantes y altamente útiles resultarán de una fracción de las investigaciones en ciencia básica; sin embargo, los resultados de una investigación en particular no pueden ser predichos con antelación.” (p. 16)

4) El lugar adonde se lleva a cabo la investigación básica son, principalmente, las universidades. Ellas constituyen el lugar apropiado ya que en ellas los científicos son más libres para seguir su curiosidad, adonde sea que ésta los lleve, encontrándose menos presionados por obtener resultados tangibles. Según este autor, “el progreso científico resulta en general del libre juego de libres intelectos, trabajando sobre asuntos de su propia elección, en la manera dictada por su curiosidad para la exploración de lo desconocido” (p. 11).

5) En línea con todo lo anterior, recomienda la creación de un organismo estatal (posteriormente sería la National Science Foundation), cuyo fin sea “el apoyo de la investigación básica en escuelas, universidades e institutos de investigación”, por medio —entre otras cosas— del apoyo económico, ofreciendo becas e internados. Más importantemente, sostiene que esta agencia “debería reconocer que la libertad de indagación debe ser preservada, y debería dejar el control interno de la política, personal, métodos y alcances de la investigación a las instituciones en las que ésta se lleva a cabo” (p. 8, resaltado mío).

En resumen, según Bush, la ciencia debería avanzar por medio de desarrollos llevados a cabo por especialistas, los cuales no siguen más que a su propia curiosidad, en un marco institucional financiado estatalmente pero regulado por los propios especialistas, con la esperanza de que, en el futuro, una parte de esas investigaciones resulten aplicables a algún área, posiblemente no relacionada en absoluto con la original.

Los filósofos y la Guerra Fría

La filosofía se vio afectada por todo lo anterior de diversos modos. De manera más directa, los filósofos fueron blanco de la caza de brujas macartista. Según algunas fuentes lo fueron incluso en mayor proporción que otros grupos (McCumber, 1996). Esto no resulta sorprendente, dada la asociación que muchos establecían entre la filosofía y el marxismo, la cual funcionaba como presuposición de culpa. Además, esto se combina con otros dos hechos notables. En primer lugar, que entre sus filas había algunos filósofos prominentes (como Sidney Hook y Arthur Lovejoy) que apoyaban la caza de brujas, llegando incluso a participar como “testigos expertos” en las audiencias. El tercer hecho es la casi total falta de respuesta, en defensa suya, de las organizaciones que nucleaban a los filósofos, especialmente de la mayor de todas ellas: la APA (American Philosophical Association), quien delegó esa tarea en la inefectiva AAUP (American Association of University Professors), con la excusa de “no duplicar esfuerzos”.

Estos ataques incluyeron a los empiristas lógicos. Los (escalofriantes) detalles de esa historia están bien documentados en Reisch (2005, capítulo 13); entre ellos, cabe mencionar aquí que Frank y Carnap fueron investigados por el FBI (se les hicieron averiguaciones de antecedentes, se revisaron sus correspondencias, se interrogó a sus colegas, vecinos y conocidos, etc.), aunque ambos casos quedaron cerrados tras un tiempo. Morris testificó en audiencias públicas en dos ocasiones, aunque sin estar directamente involucrado en ellas. En más de una ocasión, los miembros del moviemitno fueron atacados, pública o privadamente, por filósofos anticomunistas como Hook. También rechazaron posiciones en universidades, como protesta por los juramentos de lealtad que se les pedían; etc. etc.

En ocasiones, estas presiones llevaron a muchos empiristas lógicos a ser más cautos, a bajarle el tono, o directamente a ocultar sus opiniones políticamente más comprometidas (también documentado en Reisch, 2005). Sin embargo, a estas presiones más directas se suman otras más indirectas. No todos los filósofos de la época creían que el desarrollo de una filosofía comprometida con temas de relevancia social fuera el camino a seguir. Estos mecanismos indirectos explican, al menos en parte, por qué esta segunda agenda “ganó” la pulseada por imponerse.

Un primer mecanismo obvio son los cambios en la financiación de proyectos y de personas. En los años 50, varios empiristas lógicos, o sus discípulos, estaban trabajando para la corporación RAND. En cambio, proyectos como el renovado “Instituto para la ciencia unificada” de Neurath, ahora dirigido por Frank, dejaron de recibir apoyo financiero (su financiador, la fundación Rockefeller, decidió financiar en su lugar a un proyecto de Hook, véase Reisch 2005, capítulo 15). Reisch afirma que esto se debe a varios factores, entre ellos que el movimiento amplio se había ganado una reputación de ser izquierdista o pro-comunista, a que su director (Frank) fue víctima de ataques personales públicos, y principalmente a que sus propios colegas no lo apoyaron (p.e. las nuevas “Contribuciones para el análisis y síntesis del conocimiento” dejaron de publicarse tras sólo cuatro volúmenes, por falta de autores).

Esto último me lleva al segundo mecanismo indirecto: las modas y el clima intelectual general, examinados en las secciones anteriores. Las nuevas generaciones crecieron en (y las viejas se incorporaron a) un ambiente en donde el anticomunismo estaba firmemente implantado —como hemos visto, tanto en la cultura popular como en la cultura y la política científicas. De entre las nuevas generaciones, prácticamente ningún filósofo fue atraído por la agenda amplia pregonada entonces por Frank y Morris.

Esta cultura traía aparejada una determinada imagen del científico (y del filósofo) que hacía que diversas posiciones pareciesen más o menos fuera de lugar. La posición de V. Bush y de otros (como el citado Allen) de que la “investigación básica” se desarrolla por parte de especialistas, en un contexto de total libertad, por investigadores capaces de llegar a la verdad objetiva tomando decisiones solamente en base a la evidencia disponible y a su curiosidad, y que no son influidos por factores “externos” a propia la ciencia, es directamente una negación de las premisas del programa amplio del empirismo lógico (p.e. véase el primer post y el rol de los valores). Del mismo modo, el hecho de que la ciencia quedara bajo control estrictamente de los pares, y que no hubiese interferencia ni del Estado, ni del público en general implicaron que el énfasis en la planificación científica de los empiristas lógicos pareciera fuera de lugar (recordando, quizás, a la ciencia soviética y a casos como el affaire Lysenko).

Un tercer mecanismo que puede mencionarse son los cambios editoriales que tuvieron lugar en las revistas especializadas. Por ejemplo, tras la muerte de William Malisoff en 1947, tuvo lugar una serie de disputas por el control de la revista que éste fundó y de la cual era editor en jefe: la (aun hoy conocida y estimada) Philosophy of Science. Tras el paso por C. West Churchmann, la revista quedó en 1959 en manos de Richard Rudner, quien impulsó cambios editoriales notables. En particular, después de 1959, prácticamente desaparecen de la revista 4 géneros de ensayo, que hasta entonces habían sido comunes: (i) Ciencia y valores; (ii) Política e ideología en general (iii) Política y planificación científica y (iv) Sociología de las ciencias y del conocimiento (véase Howard, 2003). Los motivos de estos cambios, en la dirección y en la línea editorial, no son del todo claros, pero es plausible pensar que el contexto sociopolítico e intelectual tuvo algo que ver con ello. Así, aquellos filósofos ocupados en el estudio de alguno de estos temas, tenían de pronto menos lugares para publicar sus ideas, y serían más fácilmente marginalizados.

Estos factores y otros ayudan a explicar el paso de una filosofía de las ciencias comprometida con intereses sociales y políticos a una que, en buena medida, renunció a esos intereses, para centrarse en discusiones mayormente endógenas, “de filósofos”, y un supuesto ámbito propio de problemas. Creo además que estos cambios no son exclusivos de la filosofía de las ciencias, sino que son sintomáticos de lo que ocurrió en el ámbito de la filosofía analítica en general (un ejemplo de ello es el renovado auge de la metafísica en la segunda mitad del siglo XX) —aunque no defenderé aquí esta posición.

[Continúa en el post siguiente]

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